Biografía

Isabel Montes Ramírez

Letras de una soñadora

Cuando empecé a escribir esta biografía pensé: ¿Qué le puede interesar al lector de esta página conocer sobre mi vida? ¿Qué nací en Barcelona el viernes veintidós de mayo de 1970? ¿Qué mis padres fueron emigrantes andaluces? ¿Qué viví una feliz y maravillosa infancia en el seno de una familia humilde? ¿Qué mi vida se rompió en pedazos el cinco de junio de 1985 cuando mi padre murió? O quizás le interese saber ¿Cómo he llegado hasta aquí? La respuesta a esta última pregunta es simple:

 

“He necesitado veinticuatro largos años para recordar cómo debía trimar mis velas, para dirigirme al puerto donde me esperaban mis sueños.”

 

La muerte de mi padre me hizo olvidar mi rumbo. Aunque yo solo tenía quince años, se marchó dejándome un buen barco y un mar en calma, para que cuando llegara el momento, pudiera iniciar mi travesía hacia mi puerto particular, pero el dolor de su pérdida me hizo navegar en sus sueños y no en los míos. Durante los siguientes veinticuatro años de mi vida, mi único objetivo fue hacer todo aquello que yo creía que a mi padre le hubiese hecho sentirse orgulloso de mí, sin pensar que lo que realmente él hubiese querido es que yo luchara por mis sueños y los hiciera realidad.

 

¿Y cuáles eran mis sueños? te preguntarás. Los tuve claro desde muy temprana edad. A los cinco años descubrí que quería ser profesora y a los dieciséis profesora de literatura y escritora de novelas, pero renuncié a todo esto para cumplir los sueños de mi padre.

 

En esos veinticuatro años trabajé en muchos sitios, viví una corta pero maravillosa temporada en Londres, conocí a mucha gente, abrí dos negocios y los cerré, me casé, mi salud se resintió y no hice otra cosa que navegar sin descanso por mares que no me llevaban más que a grandes acantilados sin ningún puerto donde parar. Cansada de mi suerte empecé a preguntarme una y otra vez ¿Por qué? ¿Qué era lo que hacía mal? La respuesta la recibí cuando cumplí los treinta y ocho años. Aquel año empecé un nuevo proyecto que me devolvió la ilusión. Estaba tan feliz que una vez más fui incapaz de ver que aquello no me llevaría al puerto al que necesitaba llegar. En mayo de aquel año mi madre empezó a encontrarse mal. Durante dos meses de interminables pruebas médicas no me pude imaginar lo que tenía delante de mis ojos. En aquella ocasión inicié una nueva y obligada travesía de seis meses, en la que estaba a merced de un capitán que sabía, nada más empezar, hacia donde nos dirigíamos. Lo único que pude hacer fue acatar sus órdenes. El uno de julio recibí una llamada. Me encontraba en la calle caminando hacia mi consulta cuando el mundo se detuvo. Aquella Doctora llamaba para comunicarme que mi madre padecía un cáncer de páncreas. El uno de agosto los médicos nos confirmaron que tan solo le quedaban seis meses de vida. El veintitrés de diciembre mi madre murió. El día de nochebuena la velamos y el día de Navidad la besé por última vez. Acababa de llegar al puerto donde habitaba la muerte. El día de San Esteban, según su deseo, esparcimos sus cenizas en las costas de Garraf. En ese puerto al que llegué obligada por segunda vez en mi vida, encontré las respuestas que necesitaba. La muerte era la única capaz de impedir hacer realidad nuestros sueños. Ahora sabía por qué todo lo que empezaba terminaba en fracaso, ahora sabía que tenía que retroceder en el tiempo y retomar aquel camino que dejé en el olvido. El dolor, el vacío, la soledad, el silencio, los árboles, un mar brillante que reflejaba el sol de invierno y sus cenizas, me ayudaron a retomar ese camino que abandoné muchos años atrás. Nada más llegar a casa, encendí mi ordenador para escribir una carta de despedida a mi madre…

 

De aquella carta nació un libro donde relaté su vida hasta su muerte, y cuando lo terminé ocurrió algo a lo que solemos llamar casualidad, pero que en realidad no lo es. Un club al que yo pertenecía organizó un concurso literario. Sin dudarlo un segundo presenté mi libro con el que conseguí quedar finalista. Aquel premio me ayudó a cazar mi escota, en un perfecto rumbo de ceñida hacia el puerto de mi vida. Cuando comenté en casa que iba a iniciar esta nueva travesía, mi velero recibió una pesada ancla que lo inmovilizó en el puerto de salida. Tardé una semana en deshacerme de ese lastre que me impedía iniciar mi viaje, pero también aprendí algo: Si quería llegar, debía iniciar el camino en solitario para impedir que nuevas anclas no me dejaran zarpar. Me hice a la mar con el viento en contra, sabiendo a qué puerto quería llegar pero sin saber el rumbo a seguir. En esta ocasión aprendí de mis errores y decidí confiar mi suerte a unos marineros experimentados. Durante los dos años que navegué con ellos, me hicieron ver que estaba capacitada para navegar en solitario. Cuando el capitán me enseñó las últimas lecciones que debía de aprender, abandonó mi nave con la satisfacción de saber que llegaría a buen puerto. El último año viajé sola pero sin temor. En el horizonte ya podía ver el puerto que esperaba mi llegada.

 

Mi travesía de tres años finalizó el 8 de enero de 2013. Al llegar bajé mis velas, deslicé el ancla hasta que tocó fondo y pisé tierra firme con el convencimiento de que tenía que ser un buen augurio, llegar a puerto el mismo día que Isabel Allende emprendía sus travesías particulares. Con mi primera novela sujeta por mi mano izquierda junto a mi corazón, empecé a caminar en aquel puerto donde encontré un sinfín de puertas que esperaban mi llamada, para darme mi primera oportunidad. El destino me guió hasta una puerta pequeñita que me atraía y no sabía por qué. Cuando entré, supe que había cerrado el primer círculo de mi nueva vida. Aquella puerta me llevó directamente a Sevilla. La ciudad que vio nacer a mi madre, fue la que me dio la oportunidad de nacer como escritora. Aceptaron mi novela sin condiciones y me regalaron la maravillosa oportunidad de presentarla al mundo.

 

A día de hoy, para el mundo no soy más que algo insignificante que lucha con ilusión, por hacerse un hueco en este firmamento. Pero ahora sé que solo es cuestión de tiempo, porque por fin estoy en el lugar donde puedo llegar a brillar como una gran estrella.

 

“No puedo cambiar la dirección del viento, pero si ajustar mis velas para llegar siempre a mi destino”

 

James Dean (1931-1955)

 

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